Milton Estomba había sido un niño prodigio. A los siete años ya tocaba la Sonata N. 3, Op. 5, de Brahms, y a los once, el unánime aplauso de critica y de publico acompaño su serie de conciertos en las principales capitales dd America y Europa.
Sin embargo, cuando cumplio los 20 años, pudo notarse en el joven pianista una evidente transformación. Había empezado a preocuparse desmesuradamente por el gesto ampuloso, por la afectación del rostro, por el ceño fruncido, por los ojos en éxtasis, y otros tantos efectos afines. El llamaba a todo ello "su expresión".
Poco a poco, Estomba se fue especializando en "expresiones". Tenía una para tocar la Patética, otra para Niñas en el Jardín, otra para la Polonesa. Antes de cada concierto ensayaba frente al espejo, pero el publico frenéticamente adicto tomaba esas expresiones por espontáneas y las acogía con ruidosos aplausos, bravos y pataleos.
El primer síntoma inquietante apareció en un recital de sábado. El publico advirtió que algo raro pasaba, en su aplauso llego a filtrarse un incipiente estupor. La verdad era que Estomba había tocado la Catedral sumergida con la expresión de la Marcha Turca.
Pero la catástrofe sobrevino seis meses mas tarde y fue calificada por los médicos de amnesia lagunar. La laguna en cuestión correspondía a las partituras. En un lapso de 24 horas, Milton Estomba se olvidó para siempre de todos los nocturnos, preludios y sonatas que habían figurado en su amplio repertorio.
Lo asombroso, lo realmente asombroso, fue que no olvidara ninguno de los gestos ampulosos y afectados que acompañaban cada una de sus interpretaciones. Nunca mas pudo dar un concierto de piano pero hay algo que le sirve de consuelo. Toda ya hoy en las noches de los sábados, los amigos mas fieles concurren a su casa para asistir a un mudo recital de sus "expresiones". Entre ellos es unánime la opinión que su capolavoro es la Appasionata.
Los bomberos - Mario Benedetti
Olegario no solo fue un as del presentimiento, sino que ademas siempre estuvo muy orgulloso de su poder. A veces se quedaba absorto por un instante, y luego decía "Mañana va a poder". Y llovía. Otras veces se rascaba la nuca y anunciaba: "El martes saldrá del 57 a la cabeza". Y el martes salía el 57 a la cabeA. Entre sus amigos hoza a de una admiración sin limites.
Algunos de ellos recuerdan el mas famoso de sus aciertos. Caminaban con el frente a la Universidad, cuando de pronto el aire matutino fue atravesado por el sonido y la furia de los bomberos. Olegario sonrió de modo casi imperceptible, y dijo: "Es posible que mi casa se esté quemando".
Llamaron un taxi y encargaron al chofer que siguiera de cerca a los bomberos. Estos tomaron por Rivera y Olegario dijo: "Es casi seguro que mi casa se esté quemando". Los amigos guardaron un respetuoso y afable silencio; tanto lo admiraban.
Los bomberos siguieron por Pereyra y la nerviosidad llegó a su colmo. Cuando doblaron por la calle en que vivía Olegario, los amigos se pusieron tiesos de expectativa. Por fin, frente mismo a la llameante casa de Olegario, el carro de bomberos se detuvo y los hombres comenzaron rápida y serenamente los preparativos de rigor. De vez en cuando, desde las ventanas de la planta alta, alguna astilla volaba por los aires.
Con toda parsimonia, Olegario bajó del taxi. Se acomodo el nudo de la corbata, y luego, con un aire de humilde vencedor, se aprestó a recibir las felicitaciones y los abrazos de sus buenos amigos.
Algunos de ellos recuerdan el mas famoso de sus aciertos. Caminaban con el frente a la Universidad, cuando de pronto el aire matutino fue atravesado por el sonido y la furia de los bomberos. Olegario sonrió de modo casi imperceptible, y dijo: "Es posible que mi casa se esté quemando".
Llamaron un taxi y encargaron al chofer que siguiera de cerca a los bomberos. Estos tomaron por Rivera y Olegario dijo: "Es casi seguro que mi casa se esté quemando". Los amigos guardaron un respetuoso y afable silencio; tanto lo admiraban.
Los bomberos siguieron por Pereyra y la nerviosidad llegó a su colmo. Cuando doblaron por la calle en que vivía Olegario, los amigos se pusieron tiesos de expectativa. Por fin, frente mismo a la llameante casa de Olegario, el carro de bomberos se detuvo y los hombres comenzaron rápida y serenamente los preparativos de rigor. De vez en cuando, desde las ventanas de la planta alta, alguna astilla volaba por los aires.
Con toda parsimonia, Olegario bajó del taxi. Se acomodo el nudo de la corbata, y luego, con un aire de humilde vencedor, se aprestó a recibir las felicitaciones y los abrazos de sus buenos amigos.
Rutinas - Mario Benedetti
A mediados de 1974 explotaban en Buenos Aires diez o doce bombas por noche. De distinto signo, pero explotaba. Despertarse a los dos o las tres de la madrugada con varios estruendos en cadena, era casi una costumbre. Hasta los niños se hacían esa rutina.
Un amigo porteño empezó a tomar conciencia de esa adaptación a partir de una noche en que hubo una fuerte explosión en las cercanías de su apartamento, y su hijo, de apenas cinco años, se despertó sobresaltado.
- ¿Qué fue eso?, preguntó. Mi amigo lo tomó en brazos, lo acarició para tranquilizarlo, pero, conforme a sus principios educativos, le dijo la verdad: "Fue una bomba".
- ¡Qué suerte!, dijo el niño. Yo creí que era un trueno.
Un amigo porteño empezó a tomar conciencia de esa adaptación a partir de una noche en que hubo una fuerte explosión en las cercanías de su apartamento, y su hijo, de apenas cinco años, se despertó sobresaltado.
- ¿Qué fue eso?, preguntó. Mi amigo lo tomó en brazos, lo acarició para tranquilizarlo, pero, conforme a sus principios educativos, le dijo la verdad: "Fue una bomba".
- ¡Qué suerte!, dijo el niño. Yo creí que era un trueno.
La lluvia y los hongos (1958) / Mario Benedetti
¿Sinceridad? Cuidado con la palabrita. Por lo pronto, querida, no era este nuestro convenio de hace cuatro horas. ¿Recuerdas lo que dijimos? No existe el pasado. Claro que es difícil abolirlo. Pero reconoce que hubiera sido lindo quedarnos con nuestra imagen de hoy, vos y yo en aquel zaguán oscuro, provisoriamente resguardados del aguacero, vos y yo sintiendo que de pronto circulaba entre ambos la corriente milagrosa, vos y yo inscribiendonos tácitamente en el compromiso de venir aquí, o a cualquier habitación tan sórdida como esta, para repetir, como siempre con fundadas esperanzas, la búsqueda del amor.
Después de todo, ¿Que crees que es la sinceridad? ¿Que yo te diga lo que te gusta y vos me digas lo que me revienta? Cuidado con la palabrita. La sinceridad (cuando es sincera, porque también hay una sinceridad falluta) siempre nos llevara a odiarnos un poco. Ahora me da lastima verte así, tan indefensa, tan iluminada. ¿Quieres apagar la luz? Conviene que te cubras, por lo menos. Ademas, ya no llueve. A lo mejor, tienes razón. Terminada la lluvia, el pasado vuelve a nacer, como los hongos. ¿Quieres que empiece por la infancia con padres, con libros y sin ternura? No, esa parte es mas bien tediosa. ¿O quieres que empiece por la zona de amistad? Ya se, estarás pensando: cuantas ventajas para el hombre, Dios mío (porque vos decis a menudo diosmio), no cultivan la virginidad ni tienen loa pies frios ni soportan la menstruación, y, como si eso fuera poco, poseen la necesaria ingenuidad para creerse amigos, nosotras en cambio sabemos a que atenernos: nos encontramos, nos reímos con cierto escándalo, nos besamos simbólicamente con los labios en el aire, decimos pestes de las cuñadas, de las primas, de las presuntas amigas ausentes, comparamos detalles de nuestros novios, amantes o maridos, intercambiamos falsas confidencias y besamos otra vez el aire antes de separarnos con la misma sorba, con la misma envidia contenida. Si, estarás pensando en eso, y quizá tengas un poco de razón. Pero la verdad es que a mi no me ha hecho feliz la amistad. Simplemente compruebo. Tuve exactamente tres amigos. Ya ves que no es tan fácil. Solo tres. El primero se quedo con un sobre que contenía mi sueldo y nunca mas supe de el. Con el segundo me tome a golpes, y las cocatrices respectivas (esta del pomulo, otra en su hombro derecho) nos impiden olvidarlo todo. En cuanto al tercero, me quito una novia. No, esa vez yo no estaba realmente enamorado. Lo importante vino después. Fue la única ocasión en que me sentí vivir en pleno, como in animal nuevo y despierto, ágil, sensible, aunque horriblemente preocupado. Estaba, como explicarte, deslumbrado ante esos inesperados matices de posesión y de ternura que descubría en los menos comunicables de mis pensamientos. Pasaba como un fantasma por mi empleo, por la calle, por mi casa. Estaba enamorado como puede estarlo un chico de su maestra, o dd la amiga de su hermana mayor. ¿Como era ella? Bah, era inculta, primaria, pero tenia una sabiduría instintiva que la hacia intocable, una sensibilidad que convertía en perfecto todo cuanto hacia. Hablaba con gran elocuencia, un poco a balbuceos, pero poseía la elocuencia mas difícil: la de las actitudes. Frente al problema mas intrincado, su actitud era siempre irreprochable. Tenia un increíble olfato dd lo que estaba bien. Un desequilibrio que a la postre me resulto intolerable. Ella me quería, estoy seguro, pero había una suerte de juego mezclado a su amor. Yo tenia una horrible conciencia de no ser tomado en serio. Pero mi amor, llamemoslo así, tampoco era limpio. Estaba, como te diré, contaminado de respeto. Y así no se puede, claro. Quizá ella tenia la horrible sensación de ser tomad en serio. Nunca se aabe. De todos modos, era un desequilibrio. Un dia no pude mas y la golpee. Tuve que hacerlo. La golpee, la humille, la obligue a cometer acciones que eran denigrantes en nuestra relación. Tenia que verla alguna vez en una postura horrible, en una actitud absurda, reprochable. Ya se que es difícil de comprender, no precisa que me mires así. No lo conseguí, claro. Porque ella pudo resistir. ¿No te digo que la obligue? En ese momento pensé que lo había conseguido. Estaba allí, asombrada y despreciable, y yo podía mirarla sin respeto, como si hubiera verdaderamente prostituido su pasado. Pero al día siguiente ella adopto de nuevo la única actitud irreprochable, la única que podía purificar la inmundicia dd la víspera. ¿Todavía no comprendes? Abrió el gas. La mate, claro ¿Querías decir eso? Fui el culpable, el único ¿Te das cuenta? Y ahora, por favor, hablemos de otra cosa. De tus amores, por ejemplo.
Después de todo, ¿Que crees que es la sinceridad? ¿Que yo te diga lo que te gusta y vos me digas lo que me revienta? Cuidado con la palabrita. La sinceridad (cuando es sincera, porque también hay una sinceridad falluta) siempre nos llevara a odiarnos un poco. Ahora me da lastima verte así, tan indefensa, tan iluminada. ¿Quieres apagar la luz? Conviene que te cubras, por lo menos. Ademas, ya no llueve. A lo mejor, tienes razón. Terminada la lluvia, el pasado vuelve a nacer, como los hongos. ¿Quieres que empiece por la infancia con padres, con libros y sin ternura? No, esa parte es mas bien tediosa. ¿O quieres que empiece por la zona de amistad? Ya se, estarás pensando: cuantas ventajas para el hombre, Dios mío (porque vos decis a menudo diosmio), no cultivan la virginidad ni tienen loa pies frios ni soportan la menstruación, y, como si eso fuera poco, poseen la necesaria ingenuidad para creerse amigos, nosotras en cambio sabemos a que atenernos: nos encontramos, nos reímos con cierto escándalo, nos besamos simbólicamente con los labios en el aire, decimos pestes de las cuñadas, de las primas, de las presuntas amigas ausentes, comparamos detalles de nuestros novios, amantes o maridos, intercambiamos falsas confidencias y besamos otra vez el aire antes de separarnos con la misma sorba, con la misma envidia contenida. Si, estarás pensando en eso, y quizá tengas un poco de razón. Pero la verdad es que a mi no me ha hecho feliz la amistad. Simplemente compruebo. Tuve exactamente tres amigos. Ya ves que no es tan fácil. Solo tres. El primero se quedo con un sobre que contenía mi sueldo y nunca mas supe de el. Con el segundo me tome a golpes, y las cocatrices respectivas (esta del pomulo, otra en su hombro derecho) nos impiden olvidarlo todo. En cuanto al tercero, me quito una novia. No, esa vez yo no estaba realmente enamorado. Lo importante vino después. Fue la única ocasión en que me sentí vivir en pleno, como in animal nuevo y despierto, ágil, sensible, aunque horriblemente preocupado. Estaba, como explicarte, deslumbrado ante esos inesperados matices de posesión y de ternura que descubría en los menos comunicables de mis pensamientos. Pasaba como un fantasma por mi empleo, por la calle, por mi casa. Estaba enamorado como puede estarlo un chico de su maestra, o dd la amiga de su hermana mayor. ¿Como era ella? Bah, era inculta, primaria, pero tenia una sabiduría instintiva que la hacia intocable, una sensibilidad que convertía en perfecto todo cuanto hacia. Hablaba con gran elocuencia, un poco a balbuceos, pero poseía la elocuencia mas difícil: la de las actitudes. Frente al problema mas intrincado, su actitud era siempre irreprochable. Tenia un increíble olfato dd lo que estaba bien. Un desequilibrio que a la postre me resulto intolerable. Ella me quería, estoy seguro, pero había una suerte de juego mezclado a su amor. Yo tenia una horrible conciencia de no ser tomado en serio. Pero mi amor, llamemoslo así, tampoco era limpio. Estaba, como te diré, contaminado de respeto. Y así no se puede, claro. Quizá ella tenia la horrible sensación de ser tomad en serio. Nunca se aabe. De todos modos, era un desequilibrio. Un dia no pude mas y la golpee. Tuve que hacerlo. La golpee, la humille, la obligue a cometer acciones que eran denigrantes en nuestra relación. Tenia que verla alguna vez en una postura horrible, en una actitud absurda, reprochable. Ya se que es difícil de comprender, no precisa que me mires así. No lo conseguí, claro. Porque ella pudo resistir. ¿No te digo que la obligue? En ese momento pensé que lo había conseguido. Estaba allí, asombrada y despreciable, y yo podía mirarla sin respeto, como si hubiera verdaderamente prostituido su pasado. Pero al día siguiente ella adopto de nuevo la única actitud irreprochable, la única que podía purificar la inmundicia dd la víspera. ¿Todavía no comprendes? Abrió el gas. La mate, claro ¿Querías decir eso? Fui el culpable, el único ¿Te das cuenta? Y ahora, por favor, hablemos de otra cosa. De tus amores, por ejemplo.
Julieta (o el vicio ampliamente recompensado) - Marqués de Sade
"Al enfrentarme a los encantadores celos de la bella abadesa, no tardé en recordarle su dicho de que el sol no brilla menos sobre una sólo porque ilumine también a las demás. Entonces, alentada por la risa catarina que despertó esa declaración, le revelé la intención que me había venido atormentando desde hacía más de un mes: anhelaba desflorar a Saint Elme, y al mismo tiempo ser desflorada por ella."
"[...] en este caso mis deseos y tu interés son la misma cosa; puedo proporcionarte places que jamás hayas imaginado; y reparar cualquier desperfecto material que pudieras sufrir; después de la desfloración, mediante aplicación de pócimas especiales que sólo yo conozco, podré hacer que aparezcas tan virginal como el día en que naciste; esto no te parecerá insignificante si decides casarte algún día después de salir de aquí, pues, como habrás oído decir, los franceses son necios redomados en cuanto a sus mujeres: las quieren con mentalidad de puta, pero con cuerpo de virgen."
"-¡A la mierda la clase de religión!- exclamó la madre Delbéne-. ¿Qué es la religión, sino la palabra de Jesucristo? Y si éste hubiera sido capaz de distinguir entre su codo y un culo ¿crees que se habría dejado crucificar? No, hija mía deja a un lado los preceptos que te han enseñado en la clase de religión. Que esto -y se llevó la mano a la entrepierna- sea tu única religión; sigue sus mandatos y nunca te equivocarás.
"-¿Por qué esas iglesias - preguntó hablando retóricamente-, esos tribunales, esas cortes políticas y todas las demás instituciones hipócritas que pretenden gobernar nuestras vidas han de insistir, generalmente bajo amenaza de horribles castigos, en que creamos que existe un dios supremos? ¡Un padre completamente bondadoso! ¡Un cielo como recompensa! ¡Un infierno para castigar! ¡Un más allá! ¿Por qué? ¿Por qué necesita el universo de alguien que lo cuide? Tiene leyes eternas, inherentes a su naturaleza; no necesita promotor original."
Las Diabólicas - Barbey D'Aurevilly
El más bello amor de Don Juan.
Para ser católico como es usted, le encuentro irreverente —dijo ella despacio, aunque algo crispada. Era una belleza de verdad, una belleza insolente, alegre e imperial,una belleza en definitiva. El vocablo lo dice todo y dispensade tener que describirla; y (¿habría firmado un pacto con el diablo?) aún la seguía teniendo... Pero, Dios, al final, se salía con la suya. Las garras de tigre de la vida empezaban a arañarle aquella frente divina, coronada por las rosas de tantos labios, y en sus anchas sienes impías aparecían los primeros cabellos blancos que anunciaban la próxima invasión de los bárbaros y la caída del imperio... Por lo demás, los llevaba con la impasibilidad del orgullo sobreexcitado por el poder; sin embargo, las mujeres que le habían amado, a veces, los miraban con melancolía. Para él, fueron tan coquetas como nunca lo fue mujer algunapara ningún hombre, o ninguna mujer para un salón lleno; exaltaron aquellacoquetería con los celos que se ocultan al mundo y que ellas ya nonecesitaban esconder, porque todas sabían que aquel hombre había sidode cada una de ellas, y la vergüenza que se comparte deja de servergüenza... De lo que se trataba era de ver cuál de ellas grabaría másprofundamente su epitafio en su corazón. Allí, no había jóvenes de un verde tierno, ni muchachas como lasexecradas por Byron, que huelen a pastelito y tienen aspecto de cascabillo,sino veranos espléndidos y sabrosos, copiosos otoños, expansión yplenitud, senos deslumbrantes con su majestuoso apogeo en el bordedescubierto de los corpiños, y bajo los camafeos de hombros desnudos,brazos de todas las formas y, sobre todo, brazos poderosos, con bíceps desabinas que han luchado contra los romanos y que serían capaces deentrelazarse entre los radios de la rueda del carro de la vida para detenerlo.
Para ser católico como es usted, le encuentro irreverente —dijo ella despacio, aunque algo crispada. Era una belleza de verdad, una belleza insolente, alegre e imperial,una belleza en definitiva. El vocablo lo dice todo y dispensade tener que describirla; y (¿habría firmado un pacto con el diablo?) aún la seguía teniendo... Pero, Dios, al final, se salía con la suya. Las garras de tigre de la vida empezaban a arañarle aquella frente divina, coronada por las rosas de tantos labios, y en sus anchas sienes impías aparecían los primeros cabellos blancos que anunciaban la próxima invasión de los bárbaros y la caída del imperio... Por lo demás, los llevaba con la impasibilidad del orgullo sobreexcitado por el poder; sin embargo, las mujeres que le habían amado, a veces, los miraban con melancolía. Para él, fueron tan coquetas como nunca lo fue mujer algunapara ningún hombre, o ninguna mujer para un salón lleno; exaltaron aquellacoquetería con los celos que se ocultan al mundo y que ellas ya nonecesitaban esconder, porque todas sabían que aquel hombre había sidode cada una de ellas, y la vergüenza que se comparte deja de servergüenza... De lo que se trataba era de ver cuál de ellas grabaría másprofundamente su epitafio en su corazón. Allí, no había jóvenes de un verde tierno, ni muchachas como lasexecradas por Byron, que huelen a pastelito y tienen aspecto de cascabillo,sino veranos espléndidos y sabrosos, copiosos otoños, expansión yplenitud, senos deslumbrantes con su majestuoso apogeo en el bordedescubierto de los corpiños, y bajo los camafeos de hombros desnudos,brazos de todas las formas y, sobre todo, brazos poderosos, con bíceps desabinas que han luchado contra los romanos y que serían capaces deentrelazarse entre los radios de la rueda del carro de la vida para detenerlo.
Vivir Adrede - Mario Benedetti
Los sentimientos se deslizan, a veces se refugian en guaridas de amor, pero cuando emergen al aire preso o librem dan el color del mundo, no del universo inalcanzable sino del mundo chico, el contorno privado en que nos revolvemos. Gracias a ellos, a los sentimientos, tomamos conciencia de que no somos otros, sino nosotros mismos. Los sentimientos nos otorgan nombre, y con ese nombre somos lo que somos. (Vivir: 1. Color del Mundo)
Andamos por el mundo con el miedo a cuestas como si fuera un pudor obligatorio o en su defecto una variante del fracaso. (Vivir: 2. El miedo)
No tiene puertas cerradas como utopía es más seductora. No tiene puertas cerradas como lo imposible. No nos desprecia como lo prohibido. Si tenemos ánimo, paciencia y un poco de ilusión, podemos navegar en la barcaza de la utopía, pero no en el acorazado de lo imposible.
La única posibilidad de vencerlo es llevarle la contra a los potífices, que siempre han sido los jefes de lo prohibido. También lo son los dictadores, pero los pontífices al menos no torturan. (Vivir: 8. Utopías)
Hay críticos, por ejemplo, que son propensos a elogiar solamente a aquellos poetas misteriosos, cuyas obras son comprendidas por muy pocos. Esos mismo críticos tampoco los entienden. (Vivir: 9. Sobre sencillez)
Todos tenemos una antorcha propia, y cada una es distinta de las otras. Con ella s epuede llegar al río, aun después del crepúsculo.
La antorcha sólo tiene un enemigo, y es la lluvia del cielo.
(Vivir: 11. Antorchas)
Sin ir más lejos, monologamos para saber, de entre todas las mujeres del entorno, cuál será por fin la que amaremos, y cuándo y dónde nos encontraremos con el monólogo de su cuerpo a la espera. (Vivir: 16. Monologando)
¿Por qué durante años nuestros ojos están limpios y secos y en un solo crepúsculo se enturbian de llanto?
El remolino de cada paisaje, que siempre es distinto, nos invade el cerebro y también, por qué no, el corazón. Sólo entonces tomamos conciencia de que nosotros también somos paisaje. (Vivir: 28. El remolino del paisaje)
Los verdaderos cuerpos que reclaman y merecen amor andan por la calle, bajo sus paraguas azules o bendecidos por el sol. También la lluvia torrencial lava el amor, lo deja limpio por dos o tres jornadas, y uno, más inocente que nunca, cree que ha ganado el cielo, esa utopía. (Vivir: 29. Otro escaparate)
El mundo del descalzo no precisa de filtros, simplemente nos da lecciones de realidades varias.
Los pies pueden lastimarse y dejan huellas de sangre, que suelen servir de guía a los descalzos de segundo rango. Uno mismo, cuando va descalzo por su entorno, llega a creer impunemente que el mundo es suyo. Pero no lo es. Unas pocas veces es de otros descalzos más avezados, y otras veces pertenece a ciertos fantasmas que nunca dejan huellas. (Vivir: 31. Descalzos)
La realidad es un manojo de poemas sobre los cuales nadie reclama derechos de autor. Hay irreverentes, y también historiadores, que sostienen que la virginidad de María es un error de traducción. Y puede que sí. Pero ya sea un arameo, zendo, jónico, eólico o ático, haya sido virgen o mujer normalmente sexuada, María es sobre todo una imagen poética, digna de parir a esa prometedora metáfora llamada Jesús (no olvidemos que expulsó a los mercaderes). (Vivir: 38. La realidad)
Uno apenas se reconoce en los cruces de sí mismo consigo mismo. Como si se tratara de confusos borradores del azar, de rostros en la niebla, de maletas perdidas (Vivir: 47. Ajustes)
A veces, lindas veces, la patria se vuelve una mujer y nuestro patriotismo erótico sale a su conquista. Es por eso que la patria puede ser dos cuerpos tiernamente enlazados y tal vez de esa unión nazca una patria niña. (Vivir: 50. Patria)
Hay que amar al margen de cualquier costumbre, improvisadamente. El amor es más seguro cuando nos toma de sorpresa e incluso desorienta a la costumbre. (Vivir: 61. Costumbres)
Cuando es uno el que perdona, debe sobreponerse a los reproches de la memoria, y cuando e suno el perdonado debe escuchar atentamente loslatidos del alucinado corazón. (Vivir: 62. Perdones)
Cuando llegue el momento de ser nadie, la memoria habrá quedado encinta de ideas y preguntas que nunca nacerán. Nadie sabe si seremos ceniza o si nos mezclaremos con las cenizas de otros. (Vivir: 69. Ser nadie)
La mujer rota - Simone de Beauvoir (Parte lI)
- ¿Qué nos sucedía? En nuestra vida había habido disputas, pero por razones serías [...] Hay que decir también que antes teníamos en la cama reconciliaciones fogosas; en el deseo, la turbación, el placer, los rencores inútiles quedaban calcinados; nos volvíamos a encontrar uno frente al otro, nuevos y alegres. Ahora estábamos privados de ese recurso.
- La juventud y eso que los italianos designan con una palabra tan linda: la stamina. La savia, el fuego que permite amar y crear. Cuando perdiste eso, lo perdiste todo. [...] Bachelard escribió: "Los grandes sabios son útiles a la ciencia en la primera mitad de su vida, dañinos en la segunda". Se me tiene por un sabio. Por lo tanto, todo lo que puedo hacer actualmente es tratar de no ser demasiado dañino.
-¿Qué es un adulto? Un niño inflado de edad.
-Mi mirada se demoraba sorprendida en los objetos que había traido de los cuatro rincones de Europa. Mis viajes, el espacio no conservaba huella de ellos, mi memoria desdeñaba evocarlos; y las muñecas, los vasos, las baratijas estaban allí. Una nada me fascinaba, me obsesionaba. Encontrar un pañuelo de seda roja y un almohadón violeta; ¿cuándo vi por última vez fucsias, su vestido de obispo y cardenal, su largo sexo frágil? La campanilla luminosa, la simple rosa silvestre, la madreselva desgreñada, los narcisos, abriendo en su blancura grandes ojos atónitos, ¿cuándo? Podían no existir ya en el mundo y no lo sabría. Ni nenúfares en los estanques, ni trigo sarraceno en la campiña. La tierra está a mi alrededor como una vasta hipótesis que ya no verifico.
- Conservar vitalidad, alegría, presencia de espíritu es permanecer joven. Por lo tanto, la parte que le toca a la vejez es rutina, la morosidad, la chochez. No soy joven, estoy bien conservada, es muy distinto. Tomé somníferos y me metí en la cama.
- Siempre me negué a enfocar la vida a la manera de Fitzgerald, como un "proceso de degradación". Pensaba que mi relación con André no se alteraría jamás, que mi obra no cesaría de enriquecerse, que Philippe se parecería cada día más al hombre que yo había querido hacer de él. ¡Qué ilusión! La expresión de Sainte-Beave es más verdadera que la de Valéry: "Uno se endurece por partes, se pudre en otras, jamas madura".
- Mi primer encuentro con la muerte, cómo lloré. Después lloré cada vez menos: mis padres, mi cuñado, mi suegro, los amigos. Tambipen eso es envejecer. Tantos muertos detrás de uno, echados de menos, olvidados. A menudo, cuando leo el diario, me entero de una nueva muerte: un escritor querido, una colega, un viejo colaborador de André, uno de nuestros camaradas políticos, un amigo perdido de vista. Uno debe sentirse extraño cuando queda, como Manette, como el único testigo de un mundo abolido.
- Una pareja que continúa por que comenzó, sin otra razón: ¿era eso lo que estábamos a punto de volvernos? ¿Pasar todavía quince años, veinte años, sin agravio particular, sin animosidad, pero cada uno en su caldo, atado a su problema, rumiando su fracaso personal, transformada en vana? Habíamos empezado a vivir a destiempo. En parís yo estaba contenta, él sombrío. Le guardaba rencor por estar contento ahora que yo ya me había ensombrecido.
- Es cierto que la historia de la humanidad es hermosa --dijo André--. Lástima que la de los hombres sea tan triste.
- Nunca seríamos dos extraños. Uno de estos días, mañana quizá, nos reencontraríamos puesto que mi corazón ya lo había encontrado.
- La juventud y eso que los italianos designan con una palabra tan linda: la stamina. La savia, el fuego que permite amar y crear. Cuando perdiste eso, lo perdiste todo. [...] Bachelard escribió: "Los grandes sabios son útiles a la ciencia en la primera mitad de su vida, dañinos en la segunda". Se me tiene por un sabio. Por lo tanto, todo lo que puedo hacer actualmente es tratar de no ser demasiado dañino.
-¿Qué es un adulto? Un niño inflado de edad.
-Mi mirada se demoraba sorprendida en los objetos que había traido de los cuatro rincones de Europa. Mis viajes, el espacio no conservaba huella de ellos, mi memoria desdeñaba evocarlos; y las muñecas, los vasos, las baratijas estaban allí. Una nada me fascinaba, me obsesionaba. Encontrar un pañuelo de seda roja y un almohadón violeta; ¿cuándo vi por última vez fucsias, su vestido de obispo y cardenal, su largo sexo frágil? La campanilla luminosa, la simple rosa silvestre, la madreselva desgreñada, los narcisos, abriendo en su blancura grandes ojos atónitos, ¿cuándo? Podían no existir ya en el mundo y no lo sabría. Ni nenúfares en los estanques, ni trigo sarraceno en la campiña. La tierra está a mi alrededor como una vasta hipótesis que ya no verifico.
- Conservar vitalidad, alegría, presencia de espíritu es permanecer joven. Por lo tanto, la parte que le toca a la vejez es rutina, la morosidad, la chochez. No soy joven, estoy bien conservada, es muy distinto. Tomé somníferos y me metí en la cama.
- Siempre me negué a enfocar la vida a la manera de Fitzgerald, como un "proceso de degradación". Pensaba que mi relación con André no se alteraría jamás, que mi obra no cesaría de enriquecerse, que Philippe se parecería cada día más al hombre que yo había querido hacer de él. ¡Qué ilusión! La expresión de Sainte-Beave es más verdadera que la de Valéry: "Uno se endurece por partes, se pudre en otras, jamas madura".
- Mi primer encuentro con la muerte, cómo lloré. Después lloré cada vez menos: mis padres, mi cuñado, mi suegro, los amigos. Tambipen eso es envejecer. Tantos muertos detrás de uno, echados de menos, olvidados. A menudo, cuando leo el diario, me entero de una nueva muerte: un escritor querido, una colega, un viejo colaborador de André, uno de nuestros camaradas políticos, un amigo perdido de vista. Uno debe sentirse extraño cuando queda, como Manette, como el único testigo de un mundo abolido.
- Una pareja que continúa por que comenzó, sin otra razón: ¿era eso lo que estábamos a punto de volvernos? ¿Pasar todavía quince años, veinte años, sin agravio particular, sin animosidad, pero cada uno en su caldo, atado a su problema, rumiando su fracaso personal, transformada en vana? Habíamos empezado a vivir a destiempo. En parís yo estaba contenta, él sombrío. Le guardaba rencor por estar contento ahora que yo ya me había ensombrecido.
- Es cierto que la historia de la humanidad es hermosa --dijo André--. Lástima que la de los hombres sea tan triste.
- Nunca seríamos dos extraños. Uno de estos días, mañana quizá, nos reencontraríamos puesto que mi corazón ya lo había encontrado.
La mujer rota - Simone de Beauvoir (Parte l)
- ¿Qué hacer cuando el mundo se ha descolorido? No queda más que matar el tiempo
- La perpetua juventud del mundo me corta el aliento. Cosas que amaba han desaparecido. Muchas otras me han sido dadas.
- Los libros me salvaron de la desesperación; eso me persuadió de que la cultura es el más alto de los valores, y no logro considerar esta convicción con mirada crítica.
- Conozco a esas jóvenes "a la moda". Tienen una vaga profesión, pretenden cultivarse, hacer deportes, vestirse bien, mantener impecable su departamento, educar perfectamente a sus hijos, llevar una vida mundana, en una palabra, éxito en todos los planos. Y no tienen verdadero interés por nada. Me hiela la sangre.
- ¿Qué significa amar, para él, hoy día?
- Ya no me quedaba nadie más que André a quien, justamente, no tenía. Nos creía transparentes el uno para el otro, unidos, soldados como hermanos siameses. Se había desligado de mí, me había mentido: volvía a encontrarme sobre esta banqueta, sola. A cada segundo, al evocar su rostro, su voz, atizaba, un rencor que me devastaba. Como en esas enfermedades en las que uno se forja su propio sufrimiento, cada inspiración desgarra los pulmones y sin embargo uno está obligado a respirar.
- ¿Continuará por esta pendiente? Cada vez más indiferente... No quiero. Llaman indulgencia, sabiduría, a esta inercia del corazón: es la muerte que se instala en nosotros. No todavía, no ahora.
- Ya sé. En mi juventud se me dijo tanto que esta equivocada, tener razón me costó tanto, que rechazo equivocarme.
- La perpetua juventud del mundo me corta el aliento. Cosas que amaba han desaparecido. Muchas otras me han sido dadas.
- Los libros me salvaron de la desesperación; eso me persuadió de que la cultura es el más alto de los valores, y no logro considerar esta convicción con mirada crítica.
- Conozco a esas jóvenes "a la moda". Tienen una vaga profesión, pretenden cultivarse, hacer deportes, vestirse bien, mantener impecable su departamento, educar perfectamente a sus hijos, llevar una vida mundana, en una palabra, éxito en todos los planos. Y no tienen verdadero interés por nada. Me hiela la sangre.
- ¿Qué significa amar, para él, hoy día?
- Ya no me quedaba nadie más que André a quien, justamente, no tenía. Nos creía transparentes el uno para el otro, unidos, soldados como hermanos siameses. Se había desligado de mí, me había mentido: volvía a encontrarme sobre esta banqueta, sola. A cada segundo, al evocar su rostro, su voz, atizaba, un rencor que me devastaba. Como en esas enfermedades en las que uno se forja su propio sufrimiento, cada inspiración desgarra los pulmones y sin embargo uno está obligado a respirar.
- ¿Continuará por esta pendiente? Cada vez más indiferente... No quiero. Llaman indulgencia, sabiduría, a esta inercia del corazón: es la muerte que se instala en nosotros. No todavía, no ahora.
- Ya sé. En mi juventud se me dijo tanto que esta equivocada, tener razón me costó tanto, que rechazo equivocarme.
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